Esto pasó anoche, pero por mi cabeza. Probablemente esa noche, tu dormías junto a otro, soñabas junto a otro, o abrigabas a otro en el sofá. Probablemente en quien menos pensabas anoche, era en mi.
lunes, 17 de enero de 2011
Anoche
Otro amanecer más en el sofá, buscando mi cara entre frazadas aparecen tus ojos mirando los míos, y tu boca besando la mía. Una tierna sonrisa te invita a que te incorpores junto a mi, tendidos los dos en ese tan estrecho espacio. La tetera suena y solo el temor a que tus padres aparezcan nos hacen detener nuestro abrazo para ir a apagarla, mientras el olor a tostadas ya se siente por toda la casa. Me invitas a desayunar a tu cama, y me cedes el rincón interior como para no dejarme escapatoria. Entre el humo del café y el sabor de la mantequilla no puedo dejar de observarte. Es un desayuno infinito, las horas sin hablar y con el mayor silencio posible para no despertar a tus padres, para tener esos segundos cuando me invitabas a jugar a que estábamos en nuestra casa, o que nos perdíamos en un lugar lejano. Rápidamente nos alistábamos para preparar nuestras desgastadas mochilas, sucias por tanto arrastrarlas por el pasto de jardines. me tomabas la mano, tus llaves, y me subía al auto junto a ti. Ya no temías abrazarme frente a tus padres, y gobernábamos en el asiento trasero del automóvil. Contábamos animales para distraer el viaje, y los secretos con ideas perversas abundaban en nuestros oídos, que solo se delataban con una leve e incontenible carcajada que más de alguna vez de apuros nos causó más de un problema. Sin embargo el viaje se hace corto y tanto que deseamos que fuera mucho más. Ya de mediodía el sol se escondía entre nube y nube en en cielo, tu corrías en la espesura esquivando insectos y desniveles, y más de alguna vez repetías tu manía de acomodar tu ropa o tus zapatillas de cordones blancos. Me llamabas para que cruzáramos un estero como incitándome a romper cercos y correr hasta perdernos. Cortabas flores silvestres que acomodabas en tu cabello, y uno que otro perro de algún desconocido nos acompañaba atraído por tus cariños. Así pasábamos tardes completas, tirados en la hierva mirando el cielo, cuando de improvisto tus ojos se me volvían a cruzar para luego convertirme en cíclope con tus besos. Era ver a una niña de 20 soñar despierta, abrazarla para mirar la vida juntos y ocultarla para que nadie más pudiera ser testigo de su hermosura, nadie. Tus padres nos tenían que perseguir para evitar alargar nuestra estadía, y volvíamos a gobernar la segunda fila del auto, volvíamos a ver televisión improvisando uno que otro aperitivo, y tu madre a gritos con cariño me corría de tu casa para poder regresar a la mía. Y tu, como cada día, me acompañabas a las 8 para tomar camino de regreso, tomabas mi mano mientras te aferraba a mi, para bailar, para reír, para bromear y para darme aquel beso que me duraba hasta la próxima visita.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario